
Te compartimos una pequeña reflexión que escribe Félix Ortiz acerca del Salmo 22: 1,2, esperamos que te sea de gran ayuda:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Estás muy lejos para salvarme, muy lejos para entender mi llanto. Dios mío, te he llamado una y otra vez durante el día y no has respondido. De noche sigo llamándote y tampoco me respondes. (Salmos 22:1, 2 PDT)
Hay dos cosas que me llaman la atención al leer este salmo. Primero, el sentimiento de abandono por parte de Dios que sufre el salmista. Las palabras reproducidas al comienzo de esta entrada son tan sólo unas de las muchas que usa para expresar su estado, su sensación, su situación. Segundo, la honestidad con que se dirige a Dios, la cruda sinceridad con la que expresa qué siente, cómo siente, y cómo interpreta y vive la actitud que percibe el Señor tiene hacia él.
El salmista revisa la historia de Israel y afirma y reconoce la fidelidad del Señor en el pasado lo cual le hace aún más difícil entender el porqué en esos momentos tan duros y difíciles no es lo mismo para él. ¿Qué está haciendo mal, que hay de incorrecto en su vida para que las cosas no sean como esperaba y esté experimentando semejante abandono de parte de Dios?
Al leer este salmo he pensado que, sin duda, no es la primera ni será la última vez que me siento de esta manera. En ocasiones, he experimentado los silencios de Dios y no he sabido cómo interpretarlos y no he podido evitar pensar si realmente tiene interés en mi vida, si se preocupa de mi situación, si es cierto lo que afirma Jesús acerca de que vuestro Padre sabe que tenéis necesidad.
Este salmo me enseña que para un líder y, naturalmente, para cualquier seguidor de Jesús, es correcto sentirse mal. No hay que avergonzarse de experimentar ese tipo de estados de ánimo. También me enseña que tengo todo el derecho -porque Dios me lo concede- de acercarme a El con honestidad, genuinidad y transparencia. En este respecto nada espanta al Señor, nada le ofende, nada le sorprende y nosotros tenemos el privilegio de tener un Dios que nos escucha, nos comprende y nos acepta en nuestros momentos sombríos y duros, de desánimo y desorientación. Un Dios que, además, a su tiempo, en su momento responde.”
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