Te invitamos a leer esta reflexión acerca de una de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos acerca del servicio, puede ser de ayuda para tu próxima enseñanza acerca del tema:
Hasta el mismo día en que Jesús ascendió al cielo los discípulos seguían convencidos de que la misión del Hijo de Dios era establecer un reino político en Israel. Movidos por esta convicción los hijos de Zebedeo se acercaron, al mejor estilo del medio oriente, a solicitar que a ellos se les diera una consideración especial a la hora que se repartieran «cargos» en el Reino. Esto despertó la indignación en los otros diez discípulos, seguramente porque ¡les habían ganado de mano!
De todas maneras, Jesús sintió la necesidad de corregir la percepción de que ejercer autoridad en el reino de los cielos era lo mismo que desplegar poderío en el mundo. «Ustedes saben que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que entre ustedes quiera llegar a ser grande, será su servidor» (Mt 20.25–26).
La actitud típica que identifica Cristo en los gobernantes y los grandes en el mundo es la de «enseñorearse» de la gente bajo su cuidado. Una mirada al diccionario de sinónimos nos ofrece estas opciones para entender el significado del término: subyugar, ganar dominio sobre otros, sojuzgar, dominar, mangonear, intentar sujetar por la fuerza. El común denominador a todas estas connotaciones es el de pretender obligar a los demás a asumir una postura, una actitud o una responsabilidad que no respeta la voluntad e identidad del individuo. Es decir, se trata de una actitud que considera a los demás como extensiones del espacio personal, elementos a ser acomodados a gusto y antojo del que «dirige». Este señorío no siempre viene de la mano de actitudes dictatoriales, sino que también echa mano de la manipulación, del sutil manejo de la culpa, de la apelación a las emociones o del abuso de los deseos de agradar que sean comunes a nuestra humanidad.
Cristo señala que cualquier estilo de ministerio que avasalla a los demás es inaceptable en el reino de los cielos. La imagen que guía el proceso pastoral es la del Señor que se acerca y llama a la puerta. Espera que alguno lo oiga y le abra, para ser invitado a entrar y cenar con esa persona (Ap 3.20). No impone, ni obliga; no se adueña de la vida de nadie. Más bien, seduce por medio de irresistibles demostraciones de amor. Reforzar la igualdad En Mateo 23 Jesús contrastó el comportamiento duro e inmisericorde de los fariseos con el que esperaba de sus discípulos. La primera exhortación que les dejó es esta: «Pero ustedes no dejen que los llamen Rabí; porque Uno es su Maestro y todos ustedes son hermanos».
Pareciera que existe una inexorable tendencia entre los seres humanos a convertir a algunos en dioses. Millones alrededor del planeta viven pendientes de los más insignificantes hechos en la vida de actores y actrices, deportistas y músicos, políticos y personajes de la farándula, otorgándoles una popularidad para la que ningún ser humano fue diseñado. No ha de sorprendernos que muchas de estas personas vivan vidas realmente atribuladas, pues la fama no le añade nada de valor a nuestra vida espiritual. Más bien la despoja de sus elementos más vitales y la deja expuesta a los peores caprichos del hombre caído. Lo triste es ver que esta tendencia se infiltra también en la Iglesia.
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