
Te invitamos a leer esta pequeña reflexión que nos comparte Félix Ortiz acerca de la majestad y grandeza de nuestro Dios.
Miro al cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has fijado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te ocupes?
El salmista hace un contraste a lo largo de todo el salmo entre la grandeza de Dios -para ello se centra en la inmensidad y complejidad de la creación- y la pequeñez del ser humano. La comparación es tan abrumadora que coloca al ser humano en el lugar que le corresponde y hace que David se sorprenda por el hecho de que el Señor pueda tener el más mínimo interés en él y en cualquier persona en general. ¿Por qué un Dios tan grande debería mostrar interés por un ser tan pequeño y, además, tan miserable, pecador y poco valioso como yo? Esa es la inexplicable gracia de ese mismo Dios que, como tantas veces he señalado, nos muestra su amor y aceptación a pesar de y no debido a.
Los líderes tenemos una tendencia natural al orgullo y a pensar que somos especiales y, lamentablemente, mejores que aquellos a los que tenemos la responsabilidad de liderar. Habitualmente aquel en una posición de liderazgo posee ciertos dones, habilidades y cualidades que le hacen apto para poder estar al frente de otros. Cuanto más autoritario sea el entorno de trabajo de ese líder más clara será la tendencia al orgullo, a perder la perspectiva y a considerar como alguien especial, mejor, superior, merecedor de un mejor trato.
Creo que el consejo de salmo 8 es claro ¡Amigo, no pierdas la perspectiva! Tu aparente grandeza solo viene de tu comparación con otros similares a ti y, en ocasiones, te basas para ello en números, actividades, movimiento, reconocimiento, prestigio. Además, si tu superioridad se ve retroalimentada por tus seguidores el peligro de perder la perspectiva de quién eres se incrementa, se multiplica poniéndote en una situación de gran vulnerabilidad.
De ahí la importancia de meditar una y otra vez en la grandeza del Señor, su majestad e inmensidad, su santidad, su poder, su control sobre el universo y la historia. A mayor meditación en estos aspectos más correcta será la perspectiva de nosotros mismos y menos vulnerables seremos al orgullo y a pensar que somos especiales, mejores, superiores, más dignos que aquellos que tenemos la responsabilidad y el privilegio de cuidar. La grandeza del Señor iguala la pequeñez humana y hace más democrática nuestra realidad, es decir, nos hace darnos cuenta que somos más iguales con nuestros seguidores de lo que el orgullo nos hace pensar.
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