Desde que tenía 13 años empecé a imaginar cómo sería mi primer beso. Me imaginaba en un parque en una tarde perfecta con el niño más simpático que pudiera haber conocido. El típico príncipe azul de “Los Cuentos de los hermanos Grimm”. Voz dulce, tez blanca, ojos claros, cabello oscuro y capaz de hacer todo por su amada.
La escena, indudablemente parecía un capítulo de la Cenicienta, donde el príncipe a toda costa corre hacia su princesa, se acerca, la toma entre sus brazos con suavidad, le dice algunas palabras, y al final, la besa por lo que seguramente damos un profundo suspiro. Continúa leyendo en Paralideres.org
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